ROSAS Y LA CONSTITUCION

“Siempre he creído que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas, según el estado del país respectivo; ese es exclusivamente el nudo de la cuestión: preparar a un pueblo para que pueda tener determinada forma de gobierno; y, para ello, lo que se requiere son hombres que sean verdaderos servidores de la Nación, estadístas de verdad y no meros oficinistas ramplones, pues, bajo cualquier constitución, si hay tales hombres, el problema está resuelto, mientras si no los hay, cualquier constitución es inútil o peligrosa. Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se requiere buscar en la vida práctica sino en el gabinete de los doctrinarios: si tal constitución no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno. El grito de “constitución” prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca. Y a trueque de escandalizarlo a usted, le diría que, para mí, el ideal de gobierno sería el autócrata paternal, inteligente, desinteresado, e infatigable, enérgico y resuelto a hacer la felicidad de su pueblo, sin favoritos ni favoritas. Por eso jamás tuve ni unos ni otras; busqué realizar yo solo el ideal del gobierno paternal, en la época de transición que me tocó gobernar. Pero quien tal responsabilidad asume no tiene siquiera el derecho de fatigarse, sobre todo si la salud física-como en mi caso-le permite realizar el esfuerzo hercúleo: por eso cuando los acontecimientos le quitan esa responsabilidad, el que era galeote como gobernante respira y vive a sus anchas por vez primera. Es lo que me ha pasado a mí y me considero ahora feliz en esta chacra y viviendo en la modestia que usted ve, ganando a duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios me han confiscado mi fortuna, hecha antes de entrar en política, y la heredada de mi mujer, pretendiendo así reducirme a la miseria y queriendo quizás que repitiera el ejemplo del Belisario Romano, que pedía el óbolo a los caminantes. Son mentecatos los que suponen que el ejercicio del poder, considerado así como yo lo practiqué, importa vulgares goces y sensualismos, cuando en realidad no se compone sino de sacrificios y amarguras. He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio, escondidos en las sombras: he admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de su pueblo. Ese es mi gran título: he querido siempre servir al país, y si he acertado o errado, la posteridad lo dirá, pero ese fue mi propósito y mía en absoluto la responsabilidad por los medios empleados para realizarlos. Otorgar una constitución era asunto secundario: lo principal era preparar el país para ello, y esto es lo que creo haber hecho.
Juan Manuel de Rosas en 1873 por Vicente Quesada.

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