LAMADRID

Gregorio Araoz de Lamadrid fue un bravo y valiente guerrero que combatió durante cuarenta años en las guerras de la Independencia a ordenes del General Manuel Belgrano en el Ejército del Norte, culminando su actuación militar en la Batalla de Caseros junto a Urquiza. Durante las guerras entre unitarios y federales, sirvió junto al General Lavalle, a partir del derrocamiento y posterior fusilamiento del Coronel Dorrego, contra el Gobernador Rosas. Desde su exilio en Montevideo, y abandonado por sus amigos unitarios, le pide a Rosas la oportunidad de retornar a la patria. El siguiente es un breve párrafo correspondiente a las “Memorias del General Gregorio Araoz de Lamadrid”.
“Como mis circunstancias eran tan apuradas que carecía hasta de los recursos necesarios para la vida, me resolví muy luego mandar a mi hijo Ciriaco a Buenos Aires, con una carta para su padrino, el señor Rosas, suplicándole que en atención a ser su ahijado y carecer yo de los medios necesarios para educarlo, se lo mandaba con la esperanza de que lo haría colocar en el Colegio de los Padres Jesuitas. A poco de haber llegado a Montevideo, tuve carta de mi hermano político, don Ciriaco Díaz Vélez, avisándome el buen recibimiento que le había hecho a mi hijo su padrino, y colocándolo en el Colegio con recomendación; mas yo no recibí contestación del señor Rosas; sin embargo juzgué de mi deber darle las gracias por medio de una tercera carta y ofrecerle mis servicios. En esa época, había llegado el coronel don Juan Correa Morales, como encargado de negocios del gobierno de Buenos Aires, cerca del gobierno del señor Oribe; y como hubiese con él una antigua relación, nos visitábamos, y aún por su conducto había mandado mi carta de gracias por el acomodo de mi hijo; cuando un día me entrega cincuenta pesos fuertes, diciéndome que tenía orden del señor Rosas de pasarme igual cantidad todos los meses (me parece que fue a fines del año 37 o a principios del 38), pero con la mayor reserva, sin que nadie lo supiese, pues que ni el Ministro de Hacienda lo sabía. Me acuerdo que al entregármelos me dijo riéndose: “Puede que algún día le pase este recibo, que por otra parte lo celebro, en consideración a su estado”. Con este nuevo motivo, tuve que dirigirle por el mismo conducto del señor Correa, una cuarta carta, dándole las gracias por este nuevo servicio, pero sin haber recibido contestación a ninguna de mis anteriores como no la tuve tampoco de ésta. Corrió así el tiempo, y fue declarado el bloqueo por los franceses. Desde entonces, concebí como un verdadero patriota el proyecto de ir a ofrecer mis servicios al señor Rosas para defender la libertad e independencia de mi patria; y al efecto le dirigí una carta que tuvo el mismo resultado que las anteriores. -Más adelante continua-“Habían pasado ya nueve días de mi llegada cuando fui llamado por el señor Ministro Arana, quien me dijo a nombre del señor Gobernador, que había hecho muy mal en venirme sin su licencia, pues desde que él no había contestado a ninguna de las cartas, debí yo considerar que no convenía mi venida, y sí permanecer en Montevideo; pero puesto que había dado ya aquel paso, me dejase estar tranquilo en mi casa y en el pueblo; agregando el Ministro que recién esa noche había podido él verse con S.E.. Le di las gracias y me retiré habiendo cesado desde entonces los temores de mi señora, procuré luego buscar la subsistencia de mi familia, por medio del ejercicio de panadero que había aprendido en Montevideo; así corrió el tiempo y acabó el año 1838 sin haber logrado ver una sola vez al señor Gobernador.
No sé si a fines de diciembre del año 1838 o a principios de enero de 1839, se apareció en mi casa el general Corvalán con un pliego del señor Gobernador rotulado para mí, como de oficio y entregado que me fue en la puerta de mi casa, se regresó sin entrar ni esperar contestación. Abro el pliego en el zaguán de mi casa y me encuentro sorprendido con diez o doce mil pesos moneda corriente, y sin una sola letra del señor Gobernador. En seguida pasé a presentarlos a mi señora y después de dar gracias a Dios por este oportuno auxilio, puse una carta al señor Rosas dándole las gracias por este beneficio, y se la llevé yo mismo a su hija doña Manuela para que se la entregara.
Llega después el carnaval, y pasando el último día por la casa del señor Gobernador, me dice el centinela que se había marchado a su quinta de Palermo con sus dos hijos. Marché en efecto, y lo encontré a la sombra de los ombúes de su quinta, recostado en la falda de su hija, sobre un banco de madera en que estaba sentada, y con uno de los locos que siempre le acompañaban a su lado. Así que él me vió bajar se enderezó y dándome su mano me saludó con el mayor cariño y preguntó por su comadre; en seguida pidió mate, y después de haberme convidado con algunos y tomado él también, me dijo: “Vamos, compadre, a tomar un asado a la sombra de los sauces”, y marchamos con su hijo don Juan, la señorita de éste, doña Manuelita, su hija, y dos locos, a uno de los cuales llamaba él “el señor gobernador”.
Habiendo llegado a los sauces que están a los fondos de la quinta, y sobre la costa del río, se presentó luego una gran alfombra para que se sentaran las señoritas, un hermoso costillar de vaca asado en un gran asador de fierro, que se clavó entre el pasto, un cajón de burdeos y no sé que otros platos. El señor Gobernador mandó desensillar su caballo y recostado sobre su apero empezamos el almuerzo diciendo algunas jocosidades a los locos y brindándoles con vino.”
Gregorio Araoz de Lamadrid.

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